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Comunicación audiovisual, Ciberfeminismo y TIC para el desarrollo | Cuentos y poemas | Marta García Terán

Galletita de la suerte

Poco podía imaginarme que aquella galletita de la suerte definiría los días que me quedaban por vivir. Estaba endeudada, hacía un calor de mil demonios y mi última novela de terror no acabada de plasmarse en la pantalla blanca de mi computadora.

Todo se iba desmoronando poco a poco, consumí el adelanto de la editorial para poder escribir hace semanas, esa misma tarde malvendí el carro para hacer frente a los gastos básicos y, aún sin inspirarme, decidí que lo mejor era cenar un capricho de arroz y tacos chinos, por última vez ya que debía optimizar mi plata y no invertirla en excesos. Estos manjares asiáticos me los tome como si de mi última cena se tratara.

“No alcanzarás el descanso, hasta que tu mente descanse” rezaba el arrugado papel en la galletita de la suerte que a modo de postre llegó con mi pedido. Con un gesto de desdén lo lancé a la papelera de la cocina, y tras un rato pegada en el sofá entre canal y canal de televisión, decidí que era el momento de darme una ducha antes de dormir.

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«Fortune cookie broken» por Lorax en en.wikipedia Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

Hasta que tu mente descanse, ¿qué es eso? Corrí la cortina de la ducha y me coloqué bajo el agua fresca. Agobiada por la presión de necesitar escribir y no conseguirlo, lo último que necesitaba era dejar de pensar. Tras enjabonarme estuve varios minutos bajo el chorro de agua, en algún momento se me calló la pastilla, no sé.

Al intentar salir del baño, mi pie se deslizó sobre ella y caí de espaldas golpeándome la nuca contra la taza del inodoro. El golpe fue tremendo, pero no perdí la consciencia. Más allá del impacto ni siquiera sentí dolor. Me sequé y fui a dormir sin darle importancia a lo que acababa de suceder.

La mañana siguiente la pasé frente a la computadora, comenzaba frases que no concluían, y si lo hacían, llegaba un momento en que borraba todo porque nada me convencía. A mediodía sonó mi celular, era mi editora preguntando por qué no había llegado a la reunión de la mañana para ver los avances del libro. Entré en pánico. Le pedí unos días más de prórroga. No sé cómo lo conseguí.

La llamada me puso histérica, así que decidí salir a la calle para oxigenarme, inspirarme o al menos olvidarme de todos mis problemas. Pero no me olvidaba, iba tan enmimismada que al cruzar la calle una moto me embistió con tanta fuerza que me lanzó un par de metros adelante. El revuelo que se formó fue más grande que mis contusiones. De hecho no sentía dolor, así se lo comenté al enfermero que llegó con la ambulancia que alguien solicitó. “No es necesario que me haga un chequeo” “Sí lo es”.

Así se me fue la tarde, una vez que supe que estaba sana regresé a la casa. Hoy sí debía cocinar, sino, no tendría qué cenar. Me dispuse a cortar cebolla. Mi mano sobre ella y el enorme cuchillo fileteando, ¡zas! Sentí que me llevaba parte de mi mano y del susto tiré largo el cuchillo. Mi mano estaba intacta, ni una marca. Ahí es cuando definitivamente me di cuenta de que algo no andaba bien.

Hice recuento del golpe en la nuca, el atropello y el tajo en mi mano. Nada de dolor, sangre o cosa parecida. Agarré el cuchillo, extendí mi mano izquierda sobre la mesa, respiré hondo y clavé el cuchillo con todas mis fuerzas en mi mano. Cero dolor, cero sangre. Mi mano intacta. ¿Qué estaba ocurriendo?

A mi mente vino la comida china de la noche anterior, ¿qué era lo que decía el papelito en la galleta? Por suerte, en mi desorden dado que estaba en una de las peores épocas de mi vida, no había sacado la basura de la noche anterior. Rebusqué en la bolsa y encontré “No alcanzarás el descanso, hasta que tu mente descanse”. Tragué saliva. Evidentemente algo estaba ocurriendo conmigo.

Puede que la moto no me hubiera matado, pero el golpe en la nuca de la noche anterior y que el filo de un arma blanca no me afectara… tenía que ir más allá. Vivía en un segundo piso, no excesivamente alto, pero lo suficiente para partirme un par de huesos. Abrí la ventana de mi habitación. Ni una gota de aire entró, no sentía el calor, solo mi respiración se movía. Tomé impulso, cerré los ojos y me lancé.

No solo no me hice ni un rasguño, sino que además, caí parada sin que ni mis pies ni mis rodillas sintieran la caída. Bueno, mi existencia tenía un giro inesperado, y era que mi vida parecía haberse vuelto eterna.

Subí a la casa, y solo por placer jugué un rato con el cuchillo, daba lo mismo dónde lo clavara, ni rastro de su filo en mi carne. Un destello en el mismo fue lo que prendió la bombilla de mi mente. Corrí a la computadora, el sempiterno color blanco me esperaba, pero esta vez tenía material de sobra para la novela de terror apalabrada por la que ya me habían dado un adelanto del que ya no tenía un céntimo.

Tecleé y tecleé. Perdí la noción del tiempo, como el de mi personaje que de tanto vivir sin morir no era capaz de ubicarse en una época concreta. Más de 30 horas después paré de escribir, satisfecha. En el momento en que le di a guardar por última vez el documento sonó el teléfono. Mi editora. Mientras la respondía, le compartía por mail la novela ya completa, pese a su asombro.

Noté el calor que llegaba de la calle, me sentía cansada, por primera vez en días. Realmente no había pegado ojo por sentirme invencible. Un pensamiento invadió mi mente “No alcanzarás el descanso, hasta que tu mente descanse” y lo abandoné por un “tengo que celebrar”. Se me ocurrió que la mejor forma de hacerlo sería volver a pedir comida china, arroz y tacos.

El teléfono volvió a sonar “son las mejores primeras diez páginas que has escrito” mi editora ya me hablaba del pago asegurado y de que me llamaría de vuelta al terminar de leer la novela. Decidí darme una ducha rápida y din don, llegó mi comida china, caliente y deliciosa.

Degusté cada bocado, ya relajada y sin presiones. Parecían lejanas las deudas de hace un par de días, el carro vendido y el estrés mental… Agarré la galletita de postre y recordé el papelito de días atrás “No alcanzarás el descanso, hasta que tu mente descanse” tragué saliva, miré la galleta, esta vez no contenía mensaje alguno. “Raro” pensé.

La metí en mi boca para degustarla, pero en ese instante me di cuenta de que ya todo había terminado. La galletita se quedó en mitad de mi garganta impidiéndome respirar. “Hasta que tu mente descanse” efectivamente, novela terminada y resueltos mis problemas económicos ya no tenía de qué preocuparme. Todo se volvió negro, una inmensa calma para mi descanso eterno.

Cuento escrito el 22/06/2014.

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2 comentarios el “Galletita de la suerte

  1. Eleanora da Estrada
    23 junio, 2014

    Muy bueno. Mucha ironía en sus líneas. Así somos: nunca pensamos en el ahora y el tiempo sé nos escapa sin haberlo disfrutado. Mañana, mañana, mañana…
    No sabía que escribías tú también.
    Te agrego a la lista de blogs que sigo.
    Si te apetece, pásate tú también por el mío y me dejas alguna opinión, que siempre estoy buscando mejorar. 😉

    Me gusta

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Esta entrada fue publicada en 22 junio, 2014 por en Cuentos propios y etiquetada con , , , .

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